Un relato de fantasía para disminuir el dolor de la pérdida de una de las voces más talentosas del último tiempo

 

Hace menos de cincuenta años que la otra dimensión o como quiera llamarla cada uno; cielo, otra vida, el más allá, etc. cambió su política de entretenimiento a raíz de la variedad de pensamientos y gustos que trajo la llegada de cada vez más y más residentes, haciendo que el tedio se tornara en una constante en esta etapa final de las almas que ahí alojan. La decisión fue crear un consejo de investigación que llegó a la conclusión de que los habitantes de ese plano existencial estaban cansados de no hacer nada y se volvía aburrido elevar alabanzas eternas y sin sentido, lo que decantaba en una suerte de añoranza de su vida terrenal, encendiendo las alarmas de una rebelión que podría ser un punto sin retorno, llegando a igualarse a lo que se ha transformado el mundo físico tal como lo conocemos.

Quienes rigen nuestros destinos llevaron a cabo una votación, con un quorum gigantesco, que expresó por medio del  voto popular que las artes y la música (en este caso el rock), tenían la misma, o mayor importancia que la que se daba en la vida anterior para los habitantes de esta nueva dimensión. Dicho esto, se creó inmediatamente una mesa de trabajo enfocada en solucionar el problema, y nombraron para ello a los recién llegados Jimi Hendrix, Janis Joplin y Jim Morrison quienes en un triunvirato que llevó por nombre El Consejo de la J o  Club de los 27, se enfocaron en construir espacios para albergar a las artes, generando una expectativa gigantesca en la población.

El consejo decidió, una vez construidas gran parte de las enormes infraestructuras, nombrar a un encargado de espectáculos quién tendría entre sus tareas reclutar a las estrellas que allí se presentarían. El elegido, en lo que respecta a la música, fue Brian Epstein, considerado como uno de los mejores manejadores de la historia por su trabajo con The Beatles.

Epstein inició así una seguidilla de exitosos shows de los que destacaron uno con Elvis Presley interpretando sus mejores éxitos, un duelo de guitarras entre Randy Rhoads y Dimebag Darrell al que, entusiasmado, se les terminó sumando Jimi Hendrix, también John Lennon que debutó en un multitudinario show solista y que posteriormente compartió escenario con Freddy Mercury, y uno de los más recordados, en el que se unió a George Harrison sobre las tablas ante una gran ovación.

Cómo no mencionar también uno de los conciertos más inolvidables, que contó con un line up de lujo: Ronnie James Dio en las voces principales, Cliff Burton en el bajo, dos baterías en escena con Keith MoonJohn Bonham y el par de guitarras de Jeff Hanneman y Brian Jones, en un set antológico que incluyó sólo clásicos de la historia del rock y el metal y que, por si fuera poco, añadió importantes invitados como Bon Scott en ‘Highway To Hell’ y ‘Whole Lotta Rosie’ o Kevin DuBrow en un coreado ‘Come On Feel The Noize’, incluyendo además un homenaje al rock en español a cargo de Norberto ‘Pappo’ Napolitano y Alfonso ‘Poncho’ Vergara tocando ‘ Sucio y Desprolijo’ y ‘Somos el Rock’.

Esto dio pie a que los residentes de la otra dimensión pidieran cada vez más, exigiendo ser sorprendidos constantemente, por lo que el trabajo de Epstein se incrementó notablemente, y con mucho éxito, aunque también tuvo fallos, como la ocasión en que se bajaron algunos shows de artistas que, a punto de presentarse, prefirieron mantenerse en la dimensión terrenal, que fue el caso de Ozzy Osbourne y Phil Anselmo entre otros. En pleno apogeo del grunge, Epstein se hizo de figuras emblemáticas en el mundo que conocemos, firmando sendos contratos con cultores de este movimiento de la talla de Kurt Cobain, Layne Staley y Andrew Wood. Sin embargo, los conciertos celestiales tuvieron su pick entre 2015 y 2016, reclutando luminarias entre las que se cuentan David Bowie, Nick Menza, Lemmy Kilmister, Scott Weiland, B.B. King, o Leonard Cohen, en un período que fue nefasto en la Tierra, pero muy prolífico para la otra vida.

Ayer, Epstein consiguió firmar uno de los contratos más inesperados del último tiempo -sorprendiendo tanto a los terrenales como a los celestiales- en una maniobra que nadie se esperaba; un artista que se encontraba en pleno Tour con su banda de juventud y además lleno de proyectos musicales tanto solistas como con sus otras agrupaciones.

Así es como Chris Cornell, tras mucho pensarlo, optó por la inmortalidad y prefirió sumarse al séquito de grandes figuras que estarán por la eternidad girando y entregando su arte en el más allá.

Como para dar señales a sus seguidores de que estaría en un mejor lugar, su última interpretación incluyó parte de la canción de una de sus más grandes influencias; Led Zeppelin y el corte elegido, paradójicamente, ‘In My Time of Dying’, coronó una última actuación en este plano físico de la mano de los versos “Cuando yo me muera, no quiero que nadie esté triste, Todo lo que quiero que hagan, es llevar mi cuerpo a casa” y quedó a la espera de que se cerrara su cortina final, en una despedida emotiva y llena de aplausos, sonando todo el día por las radioemisoras del planeta, dejando su legado terrenal a las futuras generaciones y a su familia.

Podrán decir que se suicidó o que murió de otra forma, pero hoy Chris Cornell no ha muerto, fue recibido con un fuerte y apretado abrazo por su gran amigo Andrew Wood y tiene agendadas fechas en la otra dimensión a tablero vuelto con todos los fundadores del movimiento grunge, aunque no por dinero, sino que por la eternidad que merecen los grandes, los inmortales.

Algún día estaremos de público allá.

Texto: Cristián Carisma