III – ¿Por qué me gusta el rock?

“Just let me hear some of that Rock &Roll Music”

Por: Matías Hermosilla

Por: Matías Hermosilla

Chuck Berry

Por años ha recorrido mi cabeza una pregunta central en mi vida ¿por qué me gusta el rock? Hay una parte fundamental de esta pregunta que recae en mi infancia. En esa época fui nutrido o reseteado con este bicho o parásito que corroyó mis gustos temáticos y estilísticos, mi papá siempre ha sido un fan acérrimo de Queen, para él la banda más grande de todos los tiempos. Además, por su generación y contexto fue un deudor del llamado rock latino sobretodo en su vertiente argentina, sin embargo, para él – un sanmiguelino – siempre la paternidad sudamericana fue de Los Prisioneros. Mi madre por su parte, muy fanática de la música en general, fue la que trajo a mi vida a Elvis, Neil Diamond y The Beatles.

A pesar de ser formado en este contexto, yo creo que el rock llegó a mi vida como imaginario a los 13 años cuando tuve mi acercamiento a las primeras bandas de Power Metal en su variante ítalo–finlandesa y el Heavy en su movida española. Mucho de esto se lo debo a dos amigos y compañeros de colegio por un lado Diego Muñoz que fue el primero que llegó a nuestro contexto con un reproductor de MP3 y que recuerdo me mostró la mítica “El señor de los gramillos” de Mägo de Oz y algunos clásicos de la que creo sigue siendo su banda favorita; Rammstein. Por otro lado, a mi también amigo y compañero Diego Rodríguez que gracias a los cd’s pirateados que su primo le regalaba nos hicimos de las canciones de Rhapsody, Nightwish, Sonta Arctica, Épica y el «Fölktergeist» de Mägo de Oz.

En esta época como que se abrió una dimensión nueva en mi vida, una especie de vortex que me llevó a sentirme parte de algo por primera vez ya que, la mayoría, de mis amigas y amigos estaban intoxicándose con este tipo de música. A mis 14 años fui por primera vez a un concierto y fue al de Mägo de Oz en su tour Girastasis en el  Estadio Víctor Jara, teloneados por la banda chilena Steelrage, un concierto de 3 horas y media donde incluso cumplí un sueño extraño, escuchar Finisterra en vivo (15 minutos o más). Después de eso, la vida solo fue explorar gracias a una amiga Javiera Jorquera y nuevamente a la influencia de Diego Muñoz conocí rock japonés X-Japan y L’Arc~en~Ciel. La búsqueda comenzó a ser incesante e infinita: Judas Priest, AC-DC, Black Sabbath fueron adquisiciones cercanas y cuando conocía a alguien que le gustaba el rock le pedía que me recomendara cualquier cosa nueva que pudiera escuchar, palpar y sentir la curiosidad crecía y crecía. No discriminé estilos ni idiomas, recuerdo que gracias a la importante e inolvidable Katha Valent conocí el punk ella me inició en Ramones, The Clash, Iggy Pop and The Stooges y Sex Pistols. Se abrió una puerta de la que nunca más he podido salir.

Y no sólo escuchando el rock desde fuera de escena me movió, sino que traté además de sentirlo y vivirlo sobre un escenario; forme parte de varias bandas adolecentes Dislexia, Tinta Roja y, la última y más importante, aún medio viva y medio muerta, Rex Eris, me han llevado a soñar el rock, sentirlo y gozarlo con una especie de devoción infranqueable. No fue hasta la Universidad que comencé a ver en el Rock algo más que sólo devoción, la figura e influencia de mi amigo Fabio Salas poeta, profesor e insigne rockero, me hicieron vislumbrar que el rock podría formar parte de mi vida profesional como historiador, lo que además, me llevó a pensar más profundamente sobre el por qué de mi gusto por el rock.

Hoy a mis 25 años me sigo definiendo como un rockero aunque mis gustos musicales son, más bien, eclécticos. Pero como dice Fabio Salas en su Boogie Sudaca: memorias de un rockero chileno, el Rock es parte de lo que me permite estar vivo y respirar cada día. Para mí, es ese espíritu libertario y contestatario que existe bajo el riff de cualquier guitarra afilada, es la esencia de lo que se une con mi propio ser–ahí, que me da espacio para sentirme “acompañado” en lugares donde he asistido solitario a escuchar verdaderos cultos a los dioses del rock. El rock me ha hecho conocer enormes personas y ensoñarme con ideales compartidos. Realmente no sé por qué me gusta el rock pero se que me hace vibrar, soñar y despertar en una sociedad donde parece que romper los esquemas fuera pecado y cárcel segura. Y es algo que se disfruta y se vive desde bares a estadios desde bandas under como Alectrofobia como en shows de leyendas como Black Sabbath. Al menos sé que gracias al rock sigo teniendo fe y esperanza en una humanidad que creo está por despertar.

 

Larga vida al rock!